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El “efecto expectativa”: cuando creer en un alumno puede cambiar su rendimiento

Las expectativas que docentes y familias tienen sobre un niño o adolescente pueden influir en su desempeño académico mucho más de lo que imaginamos. La ciencia lleva décadas estudiando este fenómeno, conocido como “efecto Pigmalión”, que demuestra cómo la confianza, las oportunidades y los mensajes que reciben los estudiantes pueden potenciar —o limitar— su aprendizaje.

“Es muy inteligente, va a llegar lejos.”

“A él las matemáticas nunca se le dieron bien.”

“Con esfuerzo puede mejorar.”

Frases como estas parecen simples opiniones, pero pueden tener un impacto profundo en el desarrollo de un estudiante. Lejos de ser una cuestión de motivación o de autoestima, numerosas investigaciones muestran que las expectativas de los adultos influyen en la forma en que enseñan, acompañan y desafían a los alumnos, generando efectos concretos sobre su rendimiento.

Este fenómeno es conocido como efecto Pigmalión o profecía autocumplida, y constituye uno de los hallazgos más relevantes de la psicología educativa.

Un experimento que cambió la forma de entender la educación

El concepto ganó notoriedad en 1968 gracias a una investigación realizada por el psicólogo Robert Rosenthal y la directora escolar Lenore Jacobson.

Al comienzo del ciclo lectivo, informaron a un grupo de docentes que ciertos alumnos —seleccionados al azar— tenían un alto potencial para mostrar un importante crecimiento intelectual durante el año.

En realidad, esos estudiantes no poseían ninguna característica especial. Habían sido elegidos al azar.

Sin embargo, meses después, muchos de ellos mostraron mejores desempeños que sus compañeros.

¿Qué había ocurrido?

Los investigadores concluyeron que, de manera inconsciente, los docentes habían modificado su forma de relacionarse con esos alumnos. Les dedicaban más tiempo, les proponían desafíos más complejos, les brindaban mayor retroalimentación y confiaban más en sus posibilidades.

Esa combinación terminó favoreciendo mejores aprendizajes.

Aunque investigaciones posteriores encontraron que el efecto no siempre tiene la misma intensidad y depende del contexto, el consenso científico es claro: las expectativas pueden influir significativamente en el desempeño, especialmente durante los primeros años de escolaridad.

Las expectativas se transmiten sin darnos cuenta

No hace falta decir explícitamente “creo en vos” o “no vas a poder”.

Los estudiantes perciben las expectativas a través de pequeños gestos cotidianos:

  • el tiempo que un docente espera antes de intervenir cuando un alumno responde;
  • la dificultad de las actividades que propone;
  • la cantidad y calidad de las devoluciones;
  • el tono de voz;
  • la confianza que transmite al corregir;
  • las oportunidades que ofrece para volver a intentar.

Cuando un estudiante siente que los adultos esperan poco de él, suele participar menos, asumir menos riesgos y desarrollar una menor confianza en sus capacidades.

En cambio, cuando percibe que alguien cree genuinamente en su potencial, aumenta su motivación y perseverancia frente a las dificultades.

Creer no significa exigir menos

Uno de los errores más frecuentes es confundir expectativas positivas con indulgencia.

Creer en un estudiante no implica bajar el nivel de exigencia ni evitar señalar errores.

Por el contrario.

Las investigaciones muestran que los mejores resultados aparecen cuando los docentes combinan altas expectativas con un fuerte acompañamiento.

Es decir, proponen desafíos exigentes, pero también ofrecen herramientas, orientación y tiempo para que los estudiantes puedan alcanzarlos.

La confianza sin apoyo puede generar frustración. El apoyo sin desafíos puede limitar el crecimiento.

El equilibrio entre ambas dimensiones es lo que favorece el aprendizaje.

El papel de las familias

Las expectativas familiares también tienen un peso importante.

Los niños construyen buena parte de la imagen que tienen de sí mismos a partir de los mensajes que reciben en casa.

Cuando escuchan con frecuencia frases como “vos podés”, “equivocarse es parte de aprender” o “sigamos intentando”, desarrollan una mayor percepción de autoeficacia.

En cambio, etiquetas repetidas como “es vago”, “es distraído” o “nunca fue bueno para estudiar” pueden convertirse en una identidad difícil de modificar.

Por eso, los especialistas recomiendan describir conductas concretas en lugar de etiquetar a la persona.

No es lo mismo decir “esta tarea necesita más dedicación” que afirmar “sos irresponsable”.

Cómo construir expectativas que impulsen el aprendizaje

Existen algunas prácticas sencillas que pueden marcar una diferencia en el aula y en el hogar:

  • Mantener expectativas altas para todos los estudiantes, evitando prejuzgar por antecedentes o calificaciones.
  • Reconocer el esfuerzo, las estrategias utilizadas y los avances, además de los resultados.
  • Proponer desafíos acordes a las posibilidades de cada alumno.
  • Ofrecer oportunidades para corregir, mejorar y volver a intentar.
  • Evitar etiquetas que condicionen la percepción que el estudiante tiene de sí mismo.
  • Transmitir confianza de manera explícita y también a través de las acciones cotidianas.

Una expectativa puede cambiar una trayectoria

Todos los estudiantes necesitan adquirir conocimientos, desarrollar habilidades y enfrentar desafíos. Pero también necesitan que alguien crea que son capaces de lograrlo.

Las expectativas, por sí solas, no reemplazan una buena enseñanza ni eliminan las dificultades que cada alumno pueda atravesar. Sin embargo, sí influyen en el clima de aprendizaje, en la motivación y en las oportunidades que reciben para desarrollar su potencial.

En un momento en que la educación busca formar personas autónomas, resilientes y capaces de aprender durante toda la vida, quizá una de las herramientas más poderosas siga siendo también una de las más simples: mirar a cada estudiante con la convicción de que puede crecer.

Porque, muchas veces, el primer paso para que un alumno crea en sí mismo es que un adulto haya creído antes en él.