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Evaluar para mejorar: sin datos propios, la escuela decide a ciegas

En educación, medir no debería ser un acto burocrático ni una foto para el ranking. Debería ser una herramienta para enseñar mejor. Sin embargo, en Argentina la evaluación todavía funciona más como diagnóstico general que como insumo cotidiano para cada escuela. Y ahí está el problema.

El miedo a la evaluación

Durante años, hablar de evaluación fue casi mala palabra. Se la asoció con castigo, exposición o competencia entre jurisdicciones. En ese clima, muchas discusiones quedaron atrapadas en una falsa grieta: evaluar versus no evaluar.

Pero la pregunta relevante no es si se evalúa. Es para qué.

Cuando una escuela no tiene datos propios sobre cómo leen sus alumnos o qué dificultades concretas tienen en Matemática, las decisiones pedagógicas se toman por intuición, experiencia o buena voluntad. Todo eso es valioso, pero insuficiente. Sin información precisa, la mejora es azarosa.


El límite de las pruebas muestrales

Las evaluaciones nacionales aportan una visión del sistema. Permiten saber tendencias, brechas y niveles generales. Son útiles para diseñar políticas macro.

El problema aparece cuando ese dato no baja a la escuela. Si una prueba es muestral y no censal, el equipo docente no recibe resultados específicos de sus estudiantes. Es como hacer un chequeo de salud poblacional y no entregar los análisis individuales.

La consecuencia es clara: el sistema sabe que hay dificultades, pero cada escuela no necesariamente sabe cuáles son las suyas.


Datos que no se usan

Incluso cuando existen evaluaciones provinciales, el circuito muchas veces queda incompleto:

  • Se aplica la prueba.

  • Se publican resultados agregados.

  • Se organizan jornadas de análisis generales.

Y ahí se detiene.

La devolución personalizada, el acompañamiento para interpretar datos y la toma de decisiones concretas en el aula son mucho menos frecuentes. Evaluar sin retroalimentación es como corregir un examen y no mostrarlo.


Cultura de mejora, no de sanción

Los sistemas educativos que logran avances sostenidos no lo hacen porque evalúan más, sino porque usan mejor la información.

Eso implica cambiar el enfoque: la evaluación no como control externo, sino como herramienta profesional. Un buen docente quiere saber dónde están las dificultades de sus alumnos. No para etiquetar, sino para ajustar estrategias.

El dato, cuando se interpreta bien, ordena prioridades. Permite decidir qué reforzar, qué cambiar y qué sostener.


Lo que falta

Hay tres piezas que todavía no encajan del todo:

1. Regularidad y comparabilidad.
Sin evaluaciones periódicas y consistentes, no se puede medir evolución.

2. Devolución escuela por escuela.
Cada institución necesita información propia para actuar con precisión.

3. Formación para leer datos.
No alcanza con entregar planillas. Hace falta acompañamiento para transformar números en decisiones pedagógicas.


Evaluar es hacerse cargo

Evitar la medición no protege a nadie. Al contrario: invisibiliza desigualdades.

Si menos de la mitad de los estudiantes alcanza niveles adecuados en lectura, el dato no es un ataque al sistema; es un llamado a intervenir mejor. La pregunta incómoda no debería ser “¿quién queda mal en la foto?”, sino “¿qué hacemos distinto mañana?”.

Evaluar no resuelve por sí solo los problemas educativos. Pero no evaluar garantiza que se repitan.

En educación, la intuición ayuda. La experiencia suma. El compromiso es indispensable. Pero sin evidencia, todo eso opera en penumbra.

Y ninguna escuela mejora a oscuras.