Una dificultad que ya no se puede disimular
Durante años, las señales fueron sutiles. Hoy son evidentes. Docentes de todo el país coinciden en el diagnóstico: a muchos chicos les cuesta leer, escribir y comprender lo que leen, incluso después de varios años de escolaridad.
No se trata de casos aislados ni de una generación “menos capaz”. Es un problema estructural que empieza temprano, mucho antes de que aparezcan los cuadernos rayados.
El jardín como primer eslabón clave
La alfabetización no empieza en primer grado. Empieza cuando el chico escucha cuentos, juega con palabras, reconoce sonidos y descubre que lo escrito dice algo.
Sin embargo, durante mucho tiempo, el nivel inicial evitó trabajar de manera explícita estos aspectos por miedo a “escolarizar” el jardín. El resultado fue una falsa dicotomía: jugar o aprender.
Hoy la pedagogía es clara: el juego y el lenguaje no solo conviven, se potencian.
Menos palabras, menos comprensión
Uno de los factores más preocupantes es la pobreza de vocabulario con la que muchos chicos llegan a la escuela. Menos palabras significa menos herramientas para pensar, expresar emociones y comprender consignas.
El impacto de las pantallas, la falta de lectura compartida en casa y las desigualdades sociales profundizan esta brecha. No es solo un tema educativo: es cultural.
Leer no compite con la tecnología. Compite con la ausencia de tiempo, de hábito y de mediación adulta.
Métodos, discusiones y falsas grietas
El debate sobre cómo enseñar a leer volvió con fuerza. Métodos fonéticos, enfoques integrales, conciencia fonológica. Las discusiones existen y son necesarias, pero cuando se vuelven dogmáticas pierden el foco.
La evidencia muestra algo bastante menos espectacular: los chicos necesitan enseñanza explícita, sistemática y sostenida, combinada con experiencias significativas de lectura y escritura.
Ni magia, ni recetas únicas.
El rol de las familias: acompañar sin reemplazar
Muchas familias sienten que la alfabetización es una responsabilidad exclusiva de la escuela. Otras, al revés, se angustian y sobreexigen desde casa.
El equilibrio es más simple de lo que parece:
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leer juntos,
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conversar,
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cantar,
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nombrar el mundo.
No hace falta “dar clase”. Hace falta presencia, palabras y tiempo compartido.
Una oportunidad para volver a lo básico
La crisis de alfabetización no es una condena. Es una oportunidad para revisar prácticas, fortalecer la formación docente y recuperar algo esencial: leer y escribir importan.
Importan para aprender, para participar, para pensar críticamente. Y cuanto antes empiecen, mejor.
Porque cuando un chico accede a la lectura, no solo aprende a decodificar letras: accede a otros mundos posibles.






