Un fenómeno que deja de ser excepcional
Irlanda enfrenta un desafío educativo creciente: uno de cada cinco estudiantes presenta ausentismo crónico, es decir, falta a clases durante varias semanas a lo largo del ciclo lectivo. Lejos de tratarse de situaciones aisladas, los datos recientes muestran que el problema se volvió persistente y atraviesa distintos niveles del sistema educativo.
Las autoridades educativas advierten que esta tendencia se profundizó tras la pandemia y aún no logra revertirse, pese al regreso a la presencialidad plena.
Las causas: mucho más que “no querer ir”
Especialistas coinciden en que el ausentismo crónico responde a múltiples factores. Entre los más mencionados aparecen problemas de salud mental, dificultades familiares, pobreza, trayectorias escolares frágiles y una menor percepción de la relevancia de la escuela, especialmente en la adolescencia.
En los sectores más vulnerables, la falta de acompañamiento y la sobrecarga de responsabilidades fuera del ámbito escolar agravan el escenario.
Consecuencias que se arrastran en el tiempo
El impacto del ausentismo no se limita al corto plazo. Estudios educativos advierten que la acumulación de inasistencias deteriora el rendimiento académico, debilita los vínculos con la escuela y aumenta el riesgo de abandono definitivo.
Además, la escuela cumple un rol clave de contención social y emocional: cuando ese espacio se pierde, las desigualdades tienden a profundizarse.
El desafío de volver a atraer a los estudiantes
Frente a este panorama, el debate en Irlanda gira en torno a cómo reconstruir el vínculo entre estudiantes y escuela. Las políticas apuntan a fortalecer el acompañamiento personalizado, el trabajo con las familias y la detección temprana de señales de alerta.
El consenso es claro: no alcanza con exigir asistencia, sino que resulta indispensable repensar las propuestas pedagógicas y el rol de la escuela en contextos sociales cada vez más complejos.






