Chicos ocupados, adultos tranquilos
La escena se repite: agendas llenas, días cronometrados y poco margen para el “no hacer nada”. Muchas veces, la hiperactividad infantil no nace del deseo del chico, sino del miedo adulto a que “se quede atrás”.
Más estímulos, más oportunidades, más herramientas. La intención es buena. El resultado, no siempre.
Porque cuando todo es actividad, nada termina de asentarse.
El costo invisible del exceso
La sobreestimulación no siempre se manifiesta como cansancio físico. Aparece de otras formas:
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dificultad para concentrarse,
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baja tolerancia a la frustración,
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irritabilidad,
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aburrimiento permanente.
Paradójicamente, chicos que “tienen de todo” dicen aburrirse rápido. No porque falten estímulos, sino porque sobran.
Pantallas + actividades: una combinación explosiva
A la agenda cargada se suma el uso intensivo de pantallas. El cerebro infantil pasa de una actividad dirigida a otra, y luego a un consumo digital acelerado.
El problema no es una clase de inglés ni un entrenamiento de fútbol. El problema es la falta de pausas. El cerebro necesita tiempos muertos para ordenar, crear y procesar.
Sin silencio, no hay pensamiento profundo.
El aburrimiento como motor creativo
Durante años se lo vio como algo a evitar. Hoy, la pedagogía y la psicología lo reivindican: el aburrimiento es fértil.
Cuando un chico se aburre:
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inventa,
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pregunta,
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explora,
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conecta ideas.
El juego libre no es tiempo perdido. Es entrenamiento cognitivo y emocional.
Pero para que ocurra, hace falta algo difícil: adultos que toleren no llenar cada espacio.
Decir “no” también educa
Reducir actividades no es desinterés, es cuidado. Elegir una o dos propuestas significativas vale más que una semana saturada.
Los chicos no necesitan agendas perfectas. Necesitan tiempo para ser chicos.
Y los límites, otra vez, no frustran: ordenan.
Una infancia menos productiva, más saludable
La pregunta de fondo es incómoda: ¿para quién corren los chicos? ¿Para su desarrollo o para la tranquilidad adulta?
Tal vez el verdadero desafío sea animarse a una infancia menos productiva y más habitable. Con tardes largas, juegos desordenados y momentos sin objetivo.






